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Sonntag, 10. Mai 2009

Viento Sur...a por los once!

Sala acogedora, luces de colores, bastante gente sobre la pista, bailando al compás del 2x4, rosas en vitrinas, mujeres enflorecidas por la música hundidas en un largo abrazo, algunos haciendo ya la primera pausa en la barra, secándose las gotas de sudor, calmando la excitación en un brebaje indefinible (claro, oscuro, de todos los colores), muchos ya acapararon una de las sillas colocadas alrededor de la sala, otros intentando alargar las filas con sillas rebuscadas. Todos esperando.
También los bailarines están en posición de alerta interna.


Y entonces, un murmullo, doce pies que se encaminan hacia sus sitios respectivos y un señor de sonrisa serena se acerca al micrófono. Helmut nos explica las circunstancias de tal evento: resulta que no sólo cumple años El Gato Calculista, sino que también el Viento Sur con su pareja de tangueros (Helmut y Christine). Desde hace una década (¡!) llenan Berna con aires del otro lado del Atlántico. Y eso no solamente merece un aplauso, sino que una fiesta bien montada. Y vaya si bien se la montaron: DJ René, pareja de bailarines profesionales (Pablo y Valeria) y…el Sexteto Milonguero.

Seis músicos jóvenes con pintas de querer conquistar la pista comienzan la velada pisando fuerte (tres hasta con zapatitos de baile).
Los dos bandoneonistas, uno risueño, el otro de ojos suaves, al frente. El pianista (que es igualito a un amigo canario) en la esquina que va llenando con sus construcciones de partituras pegadas esparciéndose alrededor de él según avanza la noche. El contrabajista de cresta a quien no le importa pegarle a su gran instrumento para arrebatarle los mejores sonidos. Los dos violinistas, ella precisa e incansable sobre tacones, él con unos glissandi…como para derretirse. El séptimo partícipe, la voz del sexteto.
Pateando el suelo, deslizándose, balanceándo, como una única ola espumosa agitada, un mar picado, siempre unidos por miradas acompasadas, cada uno fundiéndose a la vez a su manera con su propio instrumento (el cantante con aspecto de figura Disney tenía que sujetar el micro para que no se desparramara entre sus dedos) y con los demás. Un solo cuerpo excitado, dejando flotar a bailarines y oyentes.
Pausa.
Impresionante… Qué precisión, qué arreglos, qué fuerza…
Pero en vez de descansar sus dedos y sus mentes, algunos se lanzan a la pista de baile (uno con zapatos de baile, dos sin ellos y más tarde una con tacones)… Y de nuevo me doy de cuenta que la teoría de que músicos no bailan no es cierta.


Los que bailan con mucha fuerza y desgarro son los dos bailarines profesionales. Se atreven con cuatro piezas que, mientras su bebé Alba duerme plácidamente, bailan tan rápidos que casi ni tocan el suelo. Dejáronse el alma sobre la pista. Sólo un disco les preocupó algo, aunque no al público desenfrenado, boquiabierto ante movimientos en principio imposibles después de haberle inspirado vida a un nuevo ser. La pequeña sigue durmiendo.

Y al empezar la segunda parte del concierto del Sexteto no se ven sólo bocas abiertas, sino que además ojos crecidos, palmas y pies marcando el ritmo, sonrisas sorprendidas: el Sexteto aumentado por un cantante guitarrista chacarea! Y como! Vaya ritmo…


Una milonga fiestera con carácter. Felicidades!